Vastmod Tatto

A Stephan lo conocí hace ya algún tiempo, cuando vivíamos en Tsinga, uno de los barrios de Yaundé (Camerún) que se estructura en un caos ordenado alrededor de un par o tres de calles principales, llenas de taxis, ruidosos bares, talleres mecánicos y infinitos puestos de venda ambulante y comida callejera. Tenía su estudio Vastmod Tatto, en un pequeño cuarto trasero de una coiffure regentada por Emani, un simpático camerunés al que junto a los amigos que me lo presentaron visitábamos a menudo para compartir tardes de charla, bebidas y música entre mujeres que se peinaban o simplemente pasaban el rato entre discusiones y risas.

Stephan quiso enseñarme su pequeño estudio, me contó que él iba para futbolista pero se lesionó y que durante un tiempo que pasó cerca de Barcelona con el que había sido su equipo, se interesó por los tatuajes gracias a un amigo suyo belga que era tatuador. Posteriormente, y ya de vuelta a su país, pensó que seria una buena forma de ganarse la vida y abrió su pequeño taller con una primera aguja que le regaló un amigo chino. Un par de cervezas más tarde le pedí que me dejara fotografiar su trabajo y aceptó encantado.

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Al preguntarle cómo había terminado teniendo el estudio detrás de una peluquería me contó que muchos de los clientes que tenía eran mujeres que se tatuaban las cejas y el perfil de los labios, una práctica muy extendida entre las mujeres camerunesas de clase media. Alrededor de la peluquería había también una sala de masajes, un pequeño mostrador para vender productos de “lujo” de importación china, una nevera con refrescos, algo de comida, un par de grandes altavoces y por supuesto unas cómodas sillas para pasar ahí toda la tarde si hacía falta. Nada de ir con prisas para cortar y peinar.

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Stephan soñaba con abrir su propio estudio para centrarse en el tatuaje más creativo, entendía su trabajo como algo más allá de lo artístico, con una trascendencia casi espiritual. No es de extrañar en un país donde todavía perviven sociedades nómadas que se tatúan y escarifican por motivos estéticos pero también simbólicos o identitarios como el pueblo Mbororo de Camerún. De todo esto hablábamos el día que nos tuvimos que despedir, brindamos, nos deseamos suerte y en un abrazo prometimos que nos volveríamos a encontrar.

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Y por las vueltas que da la vida, al cabo de unos meses me encontraba de nuevo en el mismo bar y el me contaba como había abierto su propio estudio y orgulloso me decía que había empapelado las paredes con las fotos que habíamos hecho, para que las viera todo el mundo que venía a tatuarse o a simplemente a pasar el rato entre charlas, bebidas y música de fondo.

Stephan es uno de esos jóvenes africanos (me permito la licencia de denominar así un colectivo imposible de definir como tal) que cada vez mas empujan para salir adelante en unos entornos económicos y políticos poco alentadores, pero que desde abajo decidieron que ellos son el futuro de las sociedades en las que viven y luchan por abrirse paso sin complejos, una masa social con ideas nuevas que sin duda esta llevando a cabo una revolución generacional en muchos países africanos.

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