Historias de ida y vuelta en Bakau Fish Market

El Bakau Fish Market de Gambia es un ruidoso mercado frente al mar, prácticamente encima de la arena, donde el pescado se vende pocos minutos después de salir del agua. Al acercarse a la orilla las grandes canoas o cayucos después de faenar, numerosos niños y jóvenes se lanzan a su encuentro con cajas de plástico para descargar la mercancía y llevarla a la lonja del mercado. Para muchos, el poco dinero que ganan con este trabajo es su forma de subsistencia mientras buscan algo mejor. Otros tejen redes, reparan canoas, intentan vender pescado a algún turista despistado, hacen deporte o simplemente charlan esperando a ver que les deparará el día.

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Pero estas playas de apariencia tranquila esconden historias muy dolorosas. Muchos jóvenes emprenden desde esta zona un peligroso viaje hacía las costas senegalesas o mauritanas con el objetivo de desde allí llegar a Europa.

Llegamos a esta playa acompañando a Yoro, quien vuelve a visitar a su familia después de ocho años lejos de su casa. Él sabe muy bien de que habla cuando nos cuenta los motivos que empujan a algunos jóvenes de su país a emprender un incierto y muy peligroso viaje buscando una vida mejor en Europa. Yoro llegó hace cinco años a Tenerife después de varios días junto a 74 personas más, hacinados en un cayuco y expuestos a los peligros del mar, el hambre y a la sed. Después de un primer tiempo encerrado en un CIE lo trasladaron a Madrid, y a base de esfuerzo, trabajo y no poca gente que lo ayudó por el camino, ha conseguido construirse una nueva vida y regularizar su situación en el país pero sin olvidar nunca de donde viene. Consiente de que él tuvo mucha suerte, su alegría por pisar de nuevo su tierra contrasta radicalmente con sus recuerdos. Sentado en la misma playa donde trabajó cuando justo dejaba de ser un niño, puede identificar a los jóvenes que miran al mar con la idea de cruzarlo algún día. Sabe que aunque les cuente los peligros, los enormes riesgos, o la imágenes que tiene grabadas en su mente de cuerpos sin vida en estas mismas aguas, difícilmente les convencerá de no correr los riegos que el mismo asumió tiempo atrás.

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Al lado de unos cayucos que descansan en la arena, Halifa está tejiendo redes de pesca a la sombra de un cobertizo, al escucharnos hablar nos llama enseguida y nos invita a sentarnos y charlar. Halifa también llegó en cayuco y estuvo siete años sobreviviendo en España, hace cuatro vivía de vender cd en las calles de Valencia, no era lo que había esperado pero no se quejaba, el top manta le permitía vivir dignamente  a la espera de una mejor oportunidad.

Su viaje terminó el día en que la policía lo detuvo e inició los tramites para deportarle de vuelta a su país. Halifa, a quien en Valencia llamaban Miguel según nos cuenta con media sonrisa,  representa otra víctima de las cada vez más duras políticas de inmigración en los países de la UE.  A pesar del desenlace no se arrepiente de su viaje y cuenta que ahora se siente feliz de poder estar cerca de su familia, a quien confiesa, echó mucho de menos en los años lejos de su casa.

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Según el balance de 2013 del Ministerio de Interior del Gobierno Español “Lucha contra la Inmigración Irregular”, con fecha abril 2014, en el año 2013 llegaron 3.237 inmigrantes irregulares a las costas españolas y 4.235 por Ceuta y Melilla, y se produjeron un total de 23.889 repatriaciones de seres humanos a los que algunos todavía llaman ilegales. Yoro y Miguel representan dos cara distintas de esas historias que esconden las cifras.

Historias de ida y vuelta en Bakau Fish Market

Vastmod Tatto

A Stephan lo conocí hace ya algún tiempo, cuando vivíamos en Tsinga, uno de los barrios de Yaundé (Camerún) que se estructura en un caos ordenado alrededor de un par o tres de calles principales, llenas de taxis, ruidosos bares, talleres mecánicos y infinitos puestos de venda ambulante y comida callejera. Tenía su estudio Vastmod Tatto, en un pequeño cuarto trasero de una coiffure regentada por Emani, un simpático camerunés al que junto a los amigos que me lo presentaron visitábamos a menudo para compartir tardes de charla, bebidas y música entre mujeres que se peinaban o simplemente pasaban el rato entre discusiones y risas.

Stephan quiso enseñarme su pequeño estudio, me contó que él iba para futbolista pero se lesionó y que durante un tiempo que pasó cerca de Barcelona con el que había sido su equipo, se interesó por los tatuajes gracias a un amigo suyo belga que era tatuador. Posteriormente, y ya de vuelta a su país, pensó que seria una buena forma de ganarse la vida y abrió su pequeño taller con una primera aguja que le regaló un amigo chino. Un par de cervezas más tarde le pedí que me dejara fotografiar su trabajo y aceptó encantado.

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Al preguntarle cómo había terminado teniendo el estudio detrás de una peluquería me contó que muchos de los clientes que tenía eran mujeres que se tatuaban las cejas y el perfil de los labios, una práctica muy extendida entre las mujeres camerunesas de clase media. Alrededor de la peluquería había también una sala de masajes, un pequeño mostrador para vender productos de “lujo” de importación china, una nevera con refrescos, algo de comida, un par de grandes altavoces y por supuesto unas cómodas sillas para pasar ahí toda la tarde si hacía falta. Nada de ir con prisas para cortar y peinar.

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Stephan soñaba con abrir su propio estudio para centrarse en el tatuaje más creativo, entendía su trabajo como algo más allá de lo artístico, con una trascendencia casi espiritual. No es de extrañar en un país donde todavía perviven sociedades nómadas que se tatúan y escarifican por motivos estéticos pero también simbólicos o identitarios como el pueblo Mbororo de Camerún. De todo esto hablábamos el día que nos tuvimos que despedir, brindamos, nos deseamos suerte y en un abrazo prometimos que nos volveríamos a encontrar.

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Y por las vueltas que da la vida, al cabo de unos meses me encontraba de nuevo en el mismo bar y el me contaba como había abierto su propio estudio y orgulloso me decía que había empapelado las paredes con las fotos que habíamos hecho, para que las viera todo el mundo que venía a tatuarse o a simplemente a pasar el rato entre charlas, bebidas y música de fondo.

Stephan es uno de esos jóvenes africanos (me permito la licencia de denominar así un colectivo imposible de definir como tal) que cada vez mas empujan para salir adelante en unos entornos económicos y políticos poco alentadores, pero que desde abajo decidieron que ellos son el futuro de las sociedades en las que viven y luchan por abrirse paso sin complejos, una masa social con ideas nuevas que sin duda esta llevando a cabo una revolución generacional en muchos países africanos.

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Vastmod Tatto